La auto contemplación obsesiva puede ser satisfactoria, pero el problema es que también puede ser dañina. La psicóloga de la organización, Tasha Euric, sugiere maneras de escapar del bucle de la reflexión y cómo aprender a cambiarla por una real.

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Escrito por Tasha Euric.

Era martes noche alrededor de las 11 pm. Me encerré en mi oscura oficina y me quedé mirando un conjunto de datos recién analizados. Unas semanas antes, mi equipo y yo dirigimos un estudio que analizaba la relación entre la autorreflexión y resultados como felicidad, estrés y satisfacción en el trabajo. Confiaba en que los resultados mostrarían que las personas que dedicaban tiempo y energía a examinarse tendrían una comprensión más clara de sí mismas y que este conocimiento tendría efectos positivos en sus vidas.

Pero para mi asombro, nuestros datos mostraban exactamente lo contrario. Las personas que obtuvieron un alto nivel de autoreflexión estaban más estresadas, deprimidas y ansiosas, menos satisfechas con sus trabajos y con sus relaciones, eran más egocéntricas y sentían que controlaban menos sus vidas. Es más, cuanto más reflexionaban estas consecuencias negativas aumentaban.

Podemos llevar a cabo una autorreflexión infinita y salir sin haber obtenido más autopercepción que cuando comenzamos.

Aunque no lo sabía en ese momento, me topé con un mito sobre la conciencia de un@ mism@, el cual los investigadores están empezando a entender. El psicólogo de la Universidad de Sídney Anthony M. Grant descubrió que las personas que se conocen más a sí mismas –lo que define como una comprensión intuitiva de nosotr@s mism@s– disfrutan de relaciones más fuertes, una mayor claridad de sus objetivos y sienten mayor bienestar, autoaceptación y felicidad. Estudios similares han demostrado que las personas con un alto nivel de autoconocimiento sienten que tienen más control de sus vidas, muestran un crecimiento personal más dramático, disfrutan de mejores relaciones y se sienten más tranquilos y más satisfechos. Sin embargo, Grant y otros también se han dado cuenta de que no existe una relación entre la introspección y el autoconocimiento. Esto significa que el acto de pensar sobre nosotr@s mism@s no está necesariamente relacionado con llegar a conocernos. Y, en algunos casos, incluso han dado con el resultado contrario: cuanto más tiempo pasan los participantes en la introspección, menos conscientes son de sí mism@s. En otras palabras, podemos pasar un tiempo infinito reflexionando sobre nosotr@s, sin llegar a conocernos más que cuando comenzamos.

¿Qué importancia tiene esto? Después de tantos años investigando el tema de la propia comprensión, he llegado a creer que las cualidades esenciales para el éxito en el mundo actual –incluyendo inteligencia emocional, empatía, influencia, persuasión, comunicación y colaboración– provienen de la autoconsciencia (TEDxMileHigh charla: Aprender a ser impresionante en todo lo que haces). Si no somos conscientes de nosotr@s mism@s, es casi imposible dominar las habilidades que nos hacen un@s jugador@s más fuertes, mejores líderes y mejores creadores de relaciones, ya sea en el trabajo o en el resto de nuestras vidas.

La introspección es, sin duda, el camino más universalmente aclamado hacia la autoconsciencia interna. Después de todo, ¿qué mejor manera hay de aumentar nuestro autoconocimiento que mirar hacia adentro, para analizar profundamente nuestras experiencias y emociones, y entender por qué somos como somos? Cuando reflexionamos, podríamos estar tratando de entender nuestros sentimientos (¿Por qué estoy tan molesto después de esa reunión?), cuestionando nuestras creencias (¿Realmente creo lo que pienso que creo?), resolviendo nuestro futuro (¿Qué carrera me haría realmente feliz?) o tratando de explicar un resultado negativo o patrón (¿Por qué me culpo tanto por errores pequeños?).

Pero los resultados de mi estudio, junto con Grant y otros, parecen mostrar que este tipo de autorreflexión no necesariamente ayuda a las personas a ser más conscientes de sí mismas. Un estudio examinó el modo de superación y el posterior ajuste de las personas que acababan de perder a su pareja debido al SIDA. Aunque quienes se dedicaban a la introspección –como reflexionar sobre cómo encararían la vida sin su pareja– tenían una moral más alta los meses siguientes a su pérdida, estaban más deprimidos un año después. Otro estudio de más de 14.000 estudiantes universitarios mostró que la introspección estaba asociada con un bienestar más pobre. Otras investigaciones sugieren que las personas introspectivas tienden a tener más ansiedad, menos experiencias sociales positivas y actitudes más negativas sobre sí mismos.

En verdad, la introspección puede nublar nuestras autopercepciones y desencadenar una serie de consecuencias no deseadas. A veces puede enmascarar emociones improductivas y perturbadoras que pueden inundarnos e impedir la acción positiva. La introspección también puede apaciguarnos con un falso sentido de certeza de que hemos identificado la verdadera cuestión. El estudioso budista Tarthang Tulku usa una analogía representativa: cuando hacemos introspección, nuestra respuesta es similar a un gato hambriento que observa ratones. Saltamos apresuradamente sobre cualquier “darnos cuenta” que encontramos sin cuestionarnos su validez o valor.

La introspección no es ineficaz categóricamente, el problema es que no siempre la enfocamos correctamente. Cuando examinamos las causas de nuestros pensamientos, sentimientos y comportamientos, lo hacemos a menudo planteándonos preguntas que empezamos ¿Por qué? –lo que prueba que tenemos tendencia a buscar las respuestas más fáciles y plausibles. Normalmente, una vez que hemos encontrado una o dos, dejamos de buscar. Esto puede ser el resultado de nuestro sesgo innato de confirmación, el cual nos lleva a inclinarnos hacia razones que confirman nuestras creencias existentes.

En un estudio, las preguntas con por qué parecían provocar que los participantes se obsesionaran por sus problemas en vez de seguir adelante.

A veces preguntar por qué puede hacer que nuestro cerebro nos engañe. Digamos que te pido que enumeres todas las razones por las que tu relación de pareja se desarrolla tal y como lo está haciendo. Y digamos que ayer por la noche, tu pareja se quedó de fiesta después de salir de la oficina y llegó más tarde de lo previsto, dejándote sol@ cocinando la cena a tu aburrida familia política. Debido a algo llamado el efecto de la recreación, tu pensamiento más destacado sobre tu relación sería sobre este último suceso, así que en respuesta a mi pregunta, tu cerebro podría dirigirte mal a la primera explicación disponible –no pasa suficiente tiempo en casa y me deja a mí teniendo que tratar con sus padres– a pesar de que ese comportamiento es bastante raro. Del mismo modo, digamos que tu pareja se había ido de fiesta y luego, al llegar a casa, te ha sorprendido con una escapada de fin de semana, tu cerebro podría inducirte a creer que tu relación está en un mejor momento de lo que realmente está.

Otra razón por la que preguntar por qué no siempre es tan beneficioso es el impacto negativo que puede tener en nuestra salud mental en general. En un estudio, después de que los estudiantes universitarios británicos fracasaran contestando a lo que se les dijo que era una prueba de inteligencia, se les pidió que escribieran sobre por qué se sentían de la manera que lo hacían. En comparación con un grupo de control, estaban más deprimidos inmediatamente después, y estos efectos negativos persistieron 12 horas más tarde. Preguntar por qué parece que llevó a los participantes a obsesionarse sobre sus problemas y buscar culpables, en vez de buscar modos de avanzar de una manera saludable y productiva.

Así que si preguntar por qué no es tan útil, ¿qué debemos preguntarnos? El estudio llevado a cabo por los psicólogos J. Gregory Hixon y William Swann concluyó una respuesta sencilla. Los investigadores le dijeron a un grupo de estudiantes que su personalidad sería evaluada según dos calificadores basados en un test de “sociabilidad, simpatía e interés” al que se les había sometido antes del semestre, luego les pidieron que juzgaran la exactitud de sus resultados. Lo que los estudiantes no sabían era que los resultados de todos eran los mismos: un evaluador dio una evaluación positiva, mientras que el otro dio una negativa. Pero antes de hacer sus juicios sobre la precisión del test, a algunos de los participantes se les dio tiempo para pensar por qué eran como eran, y a otros se les preguntó sobre qué tipo de persona eran. Al parecer, los estudiantes a quienes se les planteó la pregunta del por qué resultaron ser resistentes a la evaluación negativa. Como los autores del artículo reflexionaron: “Es de suponer que los participantes que se centraron en por qué utilizaron su tiempo de reflexión para racionalizar, justificar y explicar la información negativa”. Por otro lado, los estudiantes del qué eran más receptivos a los mismos datos y a la idea de que podría ayudarles a entenderse a sí mismos. La lección es: preguntar qué puede mantenernos abiertos a descubrir nueva información sobre nosotr@s mism@s, incluso si esa información es negativa o está en conflicto con nuestras creencias vitales. Preguntar por qué podría tener el efecto contrario.

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En el transcurso de mi investigación sobre la comprensión, mi equipo y yo reunimos a un grupo de 50 personas con un alto grado de autoconsciencia (tanto por ell@s mism@s como por otr@s), aunque habían comenzado con un nivel entre bajo y medio de autoconsciencia. Cuando estudiamos sus maneras de hablar, nuestros sujetos de estudio utilizaban qué con frecuencia y por qué raramente. De hecho, cuando analizamos las transcripciones de nuestras entrevistas, la palabra por qué apareció menos de 150 veces, pero la palabra qué apareció más de mil veces. Uno de los sujetos del estudio, una madre de 42 años que había abandonado su carrera como abogada después de darse cuenta de que no era feliz siguiendo ese camino, lo explicó de esta manera: “Si te preguntas por qué, [creo] adoptas una mentalidad de víctima… Cuando siento algo distinto a la paz, me pregunta: “¿Qué está pasando?; ¿Qué siento?’; ¿Cuál es el diálogo dentro de mi cabeza?; ¿De qué otra manera puedo ver esta situación? o ¿Qué puedo hacer para obtener otra respuesta?”.

Las preguntas con por qué nos atrapan en el pasado; las preguntas con qué nos ayudan a crear un futuro mejor.

Así que cuando se trata de desarrollar la autoconsciencia interna, me gusta usar una herramienta sencilla que yo llamo qué no por qué. Las preguntas por qué pueden llevarnos a nuestras limitaciones; las preguntas qué nos ayudan a ver nuestro potencial. Los por qué suscitan emociones negativas. Los qué nos mantienen curiosos. Los por qué nos atrapa en nuestro pasado. Qué nos ayuda a crear un futuro mejor. Además de ayudarnos a aumentar nuestra visión de introspección, preguntar qué en lugar de por qué puede ayudarnos a comprender y gestionar mejor nuestras emociones. Pongamos por ejemplo que estás de mal humor después de todo el día trabajando. Preguntarte “¿Por qué me siento así?”, podría suscitarte respuestas tan poco útiles como “¡Porque odio los lunes!” o “¡Porque soy una persona negativa!” Sin embargo, si te preguntas “¿Qué siento ahora?” puedes darte cuenta de que te sientes abrumado en el trabajo, agotado y hambriento. Con esta información puedes decidir hacerte la cena, llamar a un amigo o decidir irte a la cama temprano.

A veces, preguntarnos qué en lugar de por qué puede llevarnos a nombrar nuestras emociones, un proceso que la gran mayoría de las investigaciones ha demostrado que es eficaz. La evidencia demuestra que el simple hecho de poner palabras a nuestras emociones, frente a experimentarlas únicamente, puede impedir que nuestros cerebros activen nuestra amígdala, el centro de comando de lucha o huida. Esto, a su vez, parece ayudarnos a mantener el control.

Sin embargo, hay una excepción importante con respecto a qué no por qué. Cuando estés abriéndote camino a través de algún reto empresarial o resolviendo problemas en tu equipo u organización, preguntar por qué puede ser fundamental. Por ejemplo, si un miembro de tu equipo arruina un proyecto importante con un cliente, dejar explorar el por qué sucedió, significa que corres el riesgo de volver a tener el mismo problema. O si un nuevo producto falla, necesitas saber la razón para asegurarte que tus productos serán mejores en el futuro. Una buena regla general es, entonces, que preguntarnos el por qué nos sirve generalmente para ayudarnos a entender los sucesos de nuestro alrededor, y preguntarnos qué es más apropiado para ayudarnos a entendernos a nosotr@s mism@s.

Extraído con el permiso del nuevo libro: Insight: Why We’re Not as Self-Aware as We Think and How Seeing Ourselves Clearly Helps Us Succeed at Work and in Life, por Tasha Eurich, publicado por Crown Business, una marca del Grupo Editorial Crown, una división de Penguin Random House LLC, Nueva York. Copyright © 2017 Tasha Eurich.

Este artículo fue publicado originalmente en ideas.ted.com y ha sido traducido del inglés por Jimena Luebke Azcoaga.

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